ITINERARIO MISTICO
SEGÚN SAN JUAN EUDES
“Tu Corazón, Virgen María,
únicamente respira a Dios,
no aspira sino a El
solo suspira por El”
- San Juan Eudes -
INTRODUCCION
Juan Eudes vivió en profundidad el misterio de Cristo. A su actitud de profundidad ante este misterio llamamos mística eudista. Su mística se orienta hacia el seguimiento de Jesús a través de la siguiente dinámica:
v contemplar su vida,
v formarlo en sí mismo para
v continuarlo y completarlo
Este camino espiritual místico requiere, implica y a la vez realiza una verdadera experiencia de amor y de comunión con el Señor.
Precisamente, Juan Eudes tuvo de Dios una experiencia afectuosa, experiencia de ternura, de inefable misericordia. Con el simbolismo del Corazón expresó el hondo, ancho, profundo y amplio amor de Dios que sentía en su vida.
La mística no es pues un discurso sino una vivencia, no se trata de pensar a Dios como hacen los teólogos, sino de vivirlo, habitar en él, como hacen los místicos. La mística hace hombres y mujeres espirituales de la profundidad, como Juan Eudes, que entran en contacto con el amor misericordioso de Cristo.
La mística eudista es
un conjunto de pasiones fuertes y profundas que nos movilizan a seguir a Cristo, a ejemplo de san Juan Eudes, y a vivirlo en lo más hondo de nuestro corazón, como un fuego interior que nos incendia y nos lanza a la misión.
abrirse a Cristo que está entre nosotros, más aún en nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestro corazón y vivir de él, con él, por él y para él… hasta lograr una plena comunión con él.
En la escuela de Juan Eudes uno aprende que el principio de la mística cristiana es tener a Cristo como origen, centro y fin de todo, es hacer girar la vida en torno a él, es nada entenderlo sin él:
“Jesús debe ser el único objeto de nuestro espíritu y de nuestro corazón. Debemos mirar y amar todas las cosas en él, y no amar y mirar sino a él en todas las cosas. Todas nuestras acciones debemos hacerlas en él y para él. Debemos poner nuestro contento y nuestro paraíso en él. Permanezcamos pues en él, es decir, que nuestro espíritu, corazón, pensamientos, deseos, afectos, estén en él, y que nuestras acciones sean hechas en él y por él” (OCI, 114-116)
El desafío espiritual es entonces sublime: fijarnos siempre en él, caminar en su presencia y vivir como su pertenencia:
“El debe ser reconocido, adorado, glorificado y alabado como Dios, El tiene derecho a poseernos enteramente, pues somos suyos, hechos para él, dependemos de él. Tiene derecho también a ser principio y fin de nuestros pensamientos, palabras y acciones y de toda nuestra vida, pues en él vivimos, nos movemos y existimos. Tiene derecho a que nosotros tendamos y aspiremos a él incesantemente y que busquemos nuestro reposo y nuestro contento sólo en él. Tiene derecho a ser amado por encima de todas las cosas. Nosotros tenemos que caminar delante de él en su presencia, mirándolo sin cesar, teniendo los ojos fijos en este divino ejemplar” (OC II, 154-156)
Para lograr todo esto, la espiritualidad eudista nos ofrece un itinerario místico que contempla las siguientes etapas:
1. Respirar a Cristo
2. Suspirar por Cristo
3. Aspirar a Cristo
4. Inspirarse en Cristo
5. Conspirar contra lo que no es Cristo
6. Transpirar por Cristo, hasta
7. Expirar por El.
Que estas siete breves reflexiones y relecturas de textos de nuestro Padre se conviertan en itinerario de experiencia espiritual y de vida mística.
1. RESPIRAR POR CRISTO
Para mí la vida es Cristo (Hp 1, 21). Así dice Pablo y así dice Juan Eudes. Decir “mi vivir es Cristo”, es como decir “mi respiración es el Señor, él es mi aliento vital”. Pablo es categórico: “Cristo mismo es la vida de ustedes” (Col 3, 4)
San Juan Eudes quiere que Cristo sea nuestro ambiente, nuestra atmósfera, que lo respiremos a El, aliento vital, y que respiremos o vivamos por El.
Juan Eudes sabe que “la respiración es un signo infalible de la vida” (OC VII, 16), por eso quiere que nuestra respiración sea Cristo y que respiremos por él y para él.
“Quiero que mis pensamientos, palabras y obras, que mis respiraciones, los latidos de mi corazón, los movimientos de mis venas, los momentos de mi vida, las cosas que han pasado que existen y que me sucederán, que aún mis pecados, en tanto que eso sea posible, quiero que todo eso se convierta en voces por medio de las cuales te diga con todo el amor del cielo y de la tierra: te amo, te amo, si Señor Jesús, yo te amo” (OC I, 401)
Su gran deseo es que vivamos por Cristo, para Cristo y de Cristo. Entiende que solo Jesús es la fuente y la razón de nuestra vida. El es la respiración del que desea vivir eternamente, y las respiraciones de todos los días deberían estar consagradas a él, realizándolas en él y por él:
“Mi Salvador, te ofrezco mi cuerpo. ml alma, mi espíritu, mi corazón, mi vida, las partes de mi cuerpo, las facultades de mi alma, mis pensamientos, palabras, acciones, mis respiraciones, latidos del corazón, mis pasos, miradas, mis sentidos, deseando que todo te dé gloria, alabanza y amor” (OCI, 108-109)
Respirar a Jesús es consagrar nuestra vida a su alabanza, es adorar con nuestros impulsos vitales la Vitalidad misma, esto es, el Corazón de Cristo:
“Que mis pensamientos, palabras y obras, que mi respiraciones, mis pasos, los latidos de mi corazón y de mis venas, mis facultades y sentimientos, sean voces que alaben al Corazón incomparable” (OC VII, 252)
“Señor, he escogido tu divino Corazón y el de tu Santa Madre, como Rey de mi corazón. Te ofrezco, te doy y te consagro mi corazón, deseando que mis respiraciones, latidos y sentimientos, pensamientos, palabras y obras estén enteramente consagrados a ti y sean actos de alabanza y adoración para tu Corazón santo y divino.
Amabilísima María, Madre de mi Salvador, deseo que los sentimientos, afectos, latidos, respiraciones y lo que proceda de mi corazón, sean actos de alabanza, de honor y de amor hacia tu amabilísimo Corazón” (OC VIII, 539-540)
Respirar a Jesús significa honrar con nuestro ser a María, ella forma con Jesús un solo Corazón y no se puede separar a Jesús y María; para ellos deben ser nuestras respiraciones, esto es, nuestra vida:
“Quién me diera que todas mis respiraciones, latidos de mi Corazón y el ejercicio de mis facultades sean voces que canten continuamente: Benditas las entrañas de la Virgen Maria que han llevado al Hijo del Padre eterno; Benditos los senos que lo amamantaron; Bendita Maria, Madre de Dios, Virgen eterna, templo del Señor, Sagrario del Espíritu Santo” (OC VIII, 41)
Mientras vivimos nuestras respiraciones no cesan. Son continuas y rítmicas. Así debe ser nuestra alabanza a Dios. Cada día, todo el día, estamos llamados a consagrar nuestra respiración para que sean un acto continuo de amor a Jesús y María:
“Quiero que todas mis respiraciones sean otras tantas voces por las cuales te diga continuamente con todo el amor del cielo y de la tierra: te amo, te amo, sí, yo te amo Corazón amantísimo de Jesús y de María” (OC VIII, 697)
Aún dormidos, nuestro ser respira, y todas esas respiraciones consagradas a Cristo, hacen que nuestra vida sea de él y para él:
“Te ofrezco todas las respiraciones de esta noche y los latidos de ml corazón, con el deseo que sean actos de alabanza y amor hacia ti, Quiero que mis respiraciones y los latidos de mi corazón de esta noche sean otros tantos actos de alabanza y de amor hacia tu divina Majestad” (OC II, 306-307; OC III, 324). Para ello nos exhorta a que aprendamos a respirar a Cristo, por él y para él de la mano de María, pues ella siempre respiró a Dios: “Sus respiraciones estaban acompañadas de suspiros y de elevaciones del espíritu hacia Dios, aún cuando dormía” (OC VI, 62)
Aún si nos volviéramos locos o enfermáramos gravemente, mientras estemos con vida, estamos llamados a respirar a Cristo, por Cristo y para El
“Mi Dios, protesto para siempre que, si yo perdiera la palabra, el uso de mis sentidos y de mi espíritu, deseo que mis respiraciones, los latidos de mi corazón y todas las partes de mi cuerpo y de mi alma sean otros tantos corazones, lenguas y voces que griten sin cesar ¡viva Jesús y María!” (OC II, 269)
Las respiraciones de todo el año, si las consagramos al Señor, se constituyen en actos de amor y alabanza para él:
“Jesús, te refiero, ofrezco y consagro mis pensamientos, mis horas, mis días, mis años, mi ser y mi vida con todas sus pertenencias, confesándote que no quiero hacer uso de ello sino para tu gloria, que deseo que mis pensamientos, palabras, obras, latidos de mi corazón, respiraciones y las demás cosas que haya en ml en este año y en mi vida, sean actos de alabanza y de amor hacia ti” (OC I, 307-308
En fin, Juan Eudes lo que pretende, como maestro espiritual, es enseñarnos que la vida entera debe estar consagrada a respirar a Cristo, por él y para él
me has creado para ti. Por eso te ofrezco y consagro durante toda mi vida mi ser y mis obras, mis pasos, palabras, miradas, cada movimiento de mi cuerpo, cada pensamiento de mi espíritu, mis respiraciones y acciones, con el deseo de rendirte gloria y amor infinitos” (OC I, 110-111). “Haz María, que el resto de mi vida esté enteramente consagrado a la gloria de mi Salvador… que mis pensamientos, palabras, acciones, respiraciones, latidos del Corazón sean un ejercicio continuo de alabanza y amor hacia mi adorable Jesús y hacia mi amabilísima Madre” (OC VIII, 360)
Oremos
Señor, sé mi aliento vital, sé mi sabia, mi sangre, mi oxígeno.
Señor, sé mi vida, mi sostén, mi roca.
Sé mi Señor, hoy y siempre. Amén.
2. SUSPIRAR POR CRISTO
“Mi alma suspira por ti, como el ciervo por el agua viva”, dice el salmista. “Tengo sed del Dios, del Dios vivo” (Sal 42,1). Esto mismo expresa san Juan Eudes en su vida. El fue un sediento buscador del Señor. Lo buscó en el silencio, en su corazón, en la Escritura, en los Padres de la Iglesia, en los pobres, en la misión…
“Cristo es el centro de nuestros deseos” (OC X, 304). “¡Viva Jesús, mi único deseo”(OC X, 474)
Nuestra alma debe suspirar por Cristo como el ciervo sediento suspira por el agua que da vida: “Oh Dios, tú eres mi Dios. Desde el amanecer te deseo. Estoy sediento de ti” (Sal 63, 1-2), dice el salmista y Juan Eudes exclama:
“Sagrado Corazón, mi vida, mi todo, no puedo contentarme con decirte que deseo amarte de la manera más perfecta que me sea posible. Lo deseo de tal forma que si fuera posible quisiera que mi espíritu se convirtiera en deseo, mi alma en anhelo, mi corazón en suspiro y mi vida en ansiedad por ti (OC VIII, 693-694)
El señor es el amor por el que debemos suspirar. Para él son nuestros suspiros de amor. Suspirar por él es convertirlo en la cumbre de nuestros deseos, más aún, en nuestro único deseo.
“Deseabilísimo Corazón de Jesús, quiero amarte con todas mis fuerzas. Que yo sea convertido en deseo y en suspiro para desearte y querer amarte más. Deseado de mi alma, escucha mi oración, escucha los suspiros de mi corazón… no deseo sino amarte y crecer más y más en este deseo de modo que te ansíe apasionadamente” (OC VIII, 694)
Dios de mi corazón no hay necesidad de un mandamiento del amor: es eso lo que yo quiero, es eso lo que deseo, es por eso por lo que mi corazón suspira. Deseo ardientemente amarte, no quiero tener otro deseo, ni otro pensamiento, ni otra inclinación, ni otro querer (OC VIII, 693)
Los suspiros son propios de los enamorados. A eso nos invita Juan Eudes, a desear a Jesús como un enamorado desea a su amada:
“Ven, ven, mi queridísimo Jesús porque te amo y te deseo infinitamente. Que yo sea convertido totalmente en suspiro, en deseo, en ansiedad y en amor hacia ti. Señor es a ti a quien grito, es a ti a quien deseo, es por ti por quien suspiro” (OC I, 404; OC I, 471)
Oremos
Señor, apasióname por ti,
Quiero desearte con todas las ansias de mi corazón.
Enamórame de tu persona, de tu palabra, de tus promesas. Amén
3. ASPIRAR A CRISTO
San Pablo nos exhorta: “Aspiren a las cosas celestiales y no a las de la tierra. Dios les tiene reservado el vivir con Cristo” (Col 3, 1-3). También nos pide que aspiremos a los carismas extraordinarios y nos comprueba que el más extraordinario de todos es el amor (1 Cor 14, 1). Aspirar al amor es lo más natural que Dios puso en el corazón humano. Aspirar al amor es en otras palabras aspirar a Dios, porque él es amor (1 Jn 4,8)
Juan Eudes quiere que nuestra meta sea el amor de Cristo. Que hacia él tienda la totalidad de nuestra vida.
Como él es nuestro fin, nuestro centro y soberano bien, debemos perpetuamente suspirar y aspirar a él, desearlo, buscarlo por todas partes y en todas las cosas y no tener felicidad ni contento sino en él (OC II, 159)
No aspiren sino a ver a Dios, soberano de nuestras almas, objeto de nuestras esperanzas, para bendecirlo, adorarlo y glorificarlo eternamente (OCX 296)
Nuestra existencia debe convertirse en una alegre y afanosa búsqueda del Señor. El no solo es el principio, la fuente y el centro de nuestra vida, su amor debe ser nuestro fin, en donde desemboque nuestra existencia toda.
Mi amable Jesús, que no te mire sino a ti, que no te busque sino a ti, que no aspire sino a ti, que te ame en todas las cosas y por encima de todo (OC VIII, 293)
Que no tenga ni vida ni tiempo sino para amarte, que no tenga otra cosa que hacer sino pensar en ti y tratar contigo de corazón a corazón, de espíritu a espíritu, y que nada del mundo me interese sino solo amarte. Que aspire a ti incesantemente, que tienda hacia ti perpetuamente, que te ansíe y suspire noche y día sin cesar por ti (OC I, 392)
MarÍa sólo aspiró a Dios. Como ella, nosotros estamos llamados a
Entrar en una fuerte resolución de conformar nuestras inclinaciones a las inclinaciones de su Corazón Amable, para no desear nada que ella no deseó, para no aspirar sino a la gloria de su Hijo y suspirar sin cesar por la venida de este adorable Salvador a nuestro corazón (OC VII, 277)
Los santos fueron personas que aspiraron al cielo con vehemencia y ahora disfrutan de la bienaventuranza eterna. Ellos anhelaron la comunión total con el Señor. A ellos podemos recurrir:
Bienaventurados santos, los honro y reverencio de todo corazón y les suplico me obtengan la gracia de aspirar continuamente al cielo, por una santa imitación de sus virtudes y por un perfecto odio a1 pecado, para que cargando el yugo del Señor desde mi juventud, llegue a estar en su feliz compañía para alabar su santo Nombre por los siglos de los siglos. Amen (OC X, 320)
Aspirar al amor de Cristo implica aspirar a servirlo en los demás:
Servir a Dios, servir a Jesucristo es la más grande felicidad y el más grande honor al que uno pueda aspirar (OC VIII, 685)
En fin, lo que dijo nuestro padre a las Religiosas, lo podemos escuchar todos
“Ustedes no deben vivir, respirar ni aspirar sino por Cristo” (OC X, 103)
Oremos
Señor, que todos mis caminos lleven a ti,
No dejes que me desvíe de mi meta que eres Tú,
Conduce el río de mi vida, con la luz de tu Espíritu,
hacia el océano de tu Corazón. Amén
4. INSPIRARSE EN CRISTO
“Sígueme” es el llamado que nos hace el Señor tanto al inicio del Evangelio (Mc 1, 17) como al final del Evangelio (Jn 21, 19.22). Es como si nos dijera: “yo su Maestro soy su ejemplar, su prototipo, su ideal”. San Pablo nos dice: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Cor 11, 1; Fil 3, 17; Ef 5, 1) porque todos los cristianos estamos llamados a seguir a Cristo. De ahí que Juan Eudes quiera que nuestro modelo y ejemplar sea Cristo. En El debemos encontrar inspiración para vivir. Nuestra vida no debe ser sino continuación de la suya:
Como él es nuestro prototipo, debemos incesantemente seguir sus pasos, estudiar su vida y sus perfecciones, para imitarlas y formar en nosotros una imagen viva de este adorable ejemplar (OC II, 156). “Señor, me doy a ti como mi prototipo, imprime en ml una perfecta imagen tuya” (OC II, 162)
Cristo, pues, debe ser nuestra inspiración para orar, para trabajar, para descansar, para corregir y servir etc. Juan Eudes enseña que la vida cristiana consiste en continuar y completar la vida de Nuestro Señor Jesucristo:
Debemos estar animados del Espíritu de Jesús para vivir de su vida, caminar tras sus huellas, revestir sus sentimientos e inclinaciones y realizar nuestras acciones con sus mismas disposiciones e intenciones. En una palabra, debemos continuar y completar la vida y la devoción de Jesús en la tierra… de manera que cuando un cristiano ora, trabaja o ejecuta cristianamente cualquier acción, está continuando y completando la oración, la vida laboriosa y conversante y demás acciones de Jesucristo” (OE 131.134)
Todo, entonces debemos hacerlo en Cristo y como él, movidos e impulsados por su Espíritu Santo. Cristo es nuestra inspiración profunda.
Oremos
Señor, sé mi inspiración,
Inspírame con tu Espíritu Santo,
Para obrar no conforme a mi querer,
Sino según tu voluntad. Amén
5. CONSPIRAR CONTRA LO QUE NO ES CRISTO
“El que me quiera seguir que renuncie” (Mt 16, 24: 10, 37-39; Lc 14, 33) El Señor nos invita a Ia violencia espiritual, esto es, a la lucha contra el mal. Son los violentos, los que se esfuerzan (Lc 16, 11; Mt 11, 12)) los que van a ganar el cielo. No he venido a traer la paz sino la guerra (Mt 10, 34)
San Juan Eudes quiere que luchemos de tal forma que nada ni nadie nos separe del amor de Cristo. Para esta lucha debemos disponer nuestro corazón para una verdadera batalla, y guerrear con las armas de la fe (Ef 6, 11-18).
Luchar contra todo lo que puede apartarnos del Señor, es conspirar contra lo que no es el Señor y aparta de él. En términos evangélicos y eudistas se trata de renunciar al pecado, al mundo y a nosotros mismos.
“Como cristiano debemos renunciar a toda clase de pecado, al mundo y a las cosas del mundo, a nosotros mismos, a nuestro propio espíritu, criterio, voluntad, deseos e inclinaciones y a nuestro amor propio” (OE 141.145)
Conspirar contra el pecado, porque el pecado es lo que se opone diametralmente a Dios,
Conspirar contra el mundo, contra sus modas, leyes, vanidades y superficialidades,
Conspirar contra nuestro ego, nuestras propias ambiciones y deseos desordenados,
Conspirar contra todo ello para no apartarnos de Jesús y para vivir adheridos a él, es
vivir el programa de nuestro bautismo.
A esta lucha, a esta “violencia”, a este esfuerzo, a este paso por la puerta estrecha nos llama el Evangelio y nos compromete Juan Eudes.
Oremos
Señor, renuncio con todo mi corazón al pecado,
Dame fuerzas para luchar contra todo mal
Señor, dame la victoria. Amén
6. TRANSPIRAR POR CRISTO
“Mi padre trabaja y yo trabajo” (Jn 5, 17). Jesús trabajó y sudó hasta sangre con el objetivo de implantar el Reino de Dios: “Mi comida es hacer Ia voluntad de mi Padre y terminar su trabajo” (Jn 4, 34). En otra parte nos dice. “Tenemos que hacer el trabajo del que me envió” (Jn 9, 4). Jesús es pues un trabajador, y como todo buen trabajador transpiró.
Es que normalmente los que transpiran son los que trabajan, los siervos, los obreros, y para san Juan Eudes Dios trabaja y nosotros debemos trabajar. Dios suda por el hombre, y nosotros hemos sido asociados para trabajar y cooperar en el trabajo u obra más grande que existe que es la salvación de las personas.
“Trabajar en la salvación de las almas es la obra de los Apóstoles y de Nuestro Señor y no hay otra tan grande y divina” (OC X, 417)
El empleo fundamental del cristiano es trabajar y sudar por la salvación de las personas:
“Lo más divino y sagrado que existe es trabajar con Dios en la salvación de las personas” (OC XI, 38). “Según San Juan Crisóstomo, trabajar en la salvación de las personas es mejor que hacer grandes sacrificios y mortificaciones corporales, emplear el tiempo y la vida en este trabajo place más a Dios que sufrir el martirio” (OCX, 81-82)
Para san Juan Eudes, somos obreros del Evangelio, llamados a transpirar por establecer el reinado de Dios en el mundo, por lograr hacer que Jesucristo viva y reine en el mundo. Más todavía para San Juan Eudes somos siervos, el siervo hace lo que manda su Señor Jesucristo siervo por hacer la voluntad de su Padre transpiró hasta sangre, nosotros siervos de Dios estamos llamados a hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, aunque eso signifique transpirar sangre.
Jesucristo anonada su voluntad por hacer la de su Padre que lo hace sudar sangre… así nosotros debemos unirnos y hacer la voluntad de Dios (OC XI 17)
Jesucristo hizo un trabajo increíble: se solidarizó con nuestros sufrimientos, llevó nuestras cargas y eso hasta transpirar sangre (OC Xl, 10)
Jesús, te contemplo en el jardín de los Olivos, te veo reducido a una extraña agonía, a una horrible tristeza que te han hecho sudar sangre en tal abundancia que toda la tierra se encuentra bañada de ella (OC I, 128)
El mensaje de Juan Eudes es claro: en nuestra vida debemos ejercitarnos en cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios; gastar la vida entera en este ejercicio tiene sentido; y como en los ejercicios físicos se suda, hay que transpirar también en el ejercicio espiritual del cumplimiento de la voluntad divina:
Tú me pusiste en la tierra para hacer tu divina voluntad Ese es ml fin, mi centro, ml elemento, ml soberano bien. Por eso hago profesión de renunciar enteramente y para siempre a todos mis deseos, voluntades e inclinaciones y no tener nunca otro querer que el tuyo. Hago profesión de querer ante todo morir, aún de sufrir mil infiernos, antes que dejar tu voluntad Hago profesión de no querer ni en la vida, ni en la muerte, ni en este mundo ni en el otro, otro tesoro, otra gloria, otra alegría y contento, ni otro paraíso que tu adorabilísima voluntad (OC I, 15 7-158)
EI llamado del Señor es a no estar con los brazos cruzados esperando el Reino. Hay que luchar, hay que comprometerse, hay que trabajar.
Oremos
Señor, sólo quiero trabajar por ti y para ti,
Sólo quiero emplearme en la salvación de mis hermanos,
Señor, hazme un obrero del Evangelio. Amén
7. EXPIRAR POR CRISTO
“Y dando un fuerte grito, expiró” (Mc 15, 37; Lc 23, 46). 0 sea, entregó su espíritu, su vida entera a Dios y a los hombres. Ese fue Cristo, el que murió por Dios y por los hombres: “Cristo murió por todos para que los que vivan ya no vivan para sí mismos sino para Cristo el que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). San Pablo nos dice que también nosotros debemos vivir y morir para el Señor: “Sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos” (Ro 14,
Juan Eudes sabe que “no hay nada más deseable que una muerte preciosa delante de Dios” (OC X, 304-305), por eso quiere que muramos en Cristo, con Cristo, para El y por El. El nos invita a ser mártires, si no mártires en el pleno sentido de la palabra de morir por Cristo físicamente, si, tener el espíritu del martirio que es un deseo de morir dando testimonio de su amor.
Juan Eudes quiere que todos los días muramos por Cristo. Nos dice que primero expirar antes que pecar:
Dame la gracia de morir antes que ofenderte, que sea una hostia muerta y viva a la vez, muerta a todo lo que no eres tú y viva en ti y para ti (OC I, 473) Amabilísimo Señor, que muera primero mil veces antes que ofenderte (OC I, 122)
Cuando nos coloca ante la disyuntiva “o amar o morir”, él mismo nos confirma: “Mejor amar y morir, morir a lo que no es Jesús y amar única y soberanamente a Jesús” (OC I, 388)
Pero expirar por Cristo es desear con todo el alma que nuestra muerta sea en Cristo, por amor a Cristo, con una gran confianza en él:
Que muera en el amor, por amor y para el amor de ml Jesús, que mi último suspiro sea un acto de purísimo amor por el cual me ofrezca y me sacrifique a mi los, en unión del mismo amor con el que mi Redentor se ofreció e inmoló en la cruz por amor a mí (‘OC VIII, 360-361). Que el último suspiro de ml vida sea un acto de purísimo amor a Jesús (‘OC I, 494). Jesús, que el último suspiro de mi vida esté consagrado en honor de tu último suspiro y que sea un acto de puro y perfecto amor hacia ti (OC I, 432)
Juan Eudes, maestro de vida espiritual nos enseña a vivir en Cristo, con Cristo, de Cristo y para Cristo, pero también a morir para El:
Madre de amor te ofrezco el último día, la última hora, el último momento de mi vida… Haz que mis últimos pensamientos, palabras, acciones y respiraciones sean consagradas a los últimos pensamientos, palabras, acciones y respiraciones de tu Hijo y a las tuyas; que yo muera en el ejercicio de su santo amor (OC I, 369)
De todo corazón me doy a Jesús para unirme a las santas disposiciones con las que él, María y los santos murieron, llenos de amor a él. Quiero que mi último suspiro sea un acto de amor hacia él (OC XII, 176)
Expirar por Jesús, Morir por Jesús es gastar toda la vida en su servicio.
Oremos
Señor, te inmolo mi vida,
Toma todos mis días, horas y minutos y empléalos en tu servicio,
Quiero ser hostia santa,
Quiero vivir y morir para ti. Amén.
CONCLUSION
El anterior itinerario nos confirma una vez más que un místico es el que vive por Cristo, con él y en él, es el que vive de Cristo y para él. Todo ello se encuentra sintetizado portentosamente en esta sublime página de San Juan Eudes:
“El Señor nos dice: yo soy la vida y he venido para que tengan la vida. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre, ustedes en mí y yo en ustedes (in 14,6; 10,10; 14, 19-20), es decir, que así como yo estoy en mi Padre y vivo de su vida, así ustedes están en mí y viven de mi vida, pues estando yo en ustedes se la comunico.
Su discípulo amado nos sigue recordando que Dios nos ha dado vida eterna y que esa vida está en su Hijo. Que quien tiene al Hijo tiene la vida; quien no tiene al Hijo no tiene la vida. Y que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para que vivamos por medio de él y que nuestra vida en este mundo imite la vida de Jesús (1 Jn 5, 11-12; 4.9.17)
El libro de Apocalipsis nos advierte que Jesús, el amado esposo, nos interpela sin cesar: el que tenga sed que se acerque; el que quiera reciba gratuitamente agua de vida (Ap 22, 17), es decir, que tome de mi interior el agua de la vida verdadera Lo cual se ajusta a lo que nos cuenta el Evangelio, que un día el Hijo de Dios clamaba: si alguien tiene sed que venga a mí y beba (Jn 7, 37)
Y San Pablo nos recuerda a cada instante que estamos muertos y que nuestra vida está oculta con Cristo en Dios (Col 3,3); que el Padre eterno nos vivificó juntamente con Cristo y en Cristo (Ef 2,5; Col 2, 13), es decir, que nos hace vivir no sólo con él sino en el y de su misma vida; que debemos manifestar la vida de Jesús en nuestro cuerpo (2 Cor 4, 10-11); que Jesucristo es nuestra vida (Col 3,4) y que vive en nosotros: yo vivo, pero ya no yo, es Cristo quien vive en m1 nos dice san Pablo (Gal 2, 20)
Todas esas palabras sagradas muestran con evidencia que Cristo debe vivir en nosotros, que su vida debe ser nuestra vida; que solo en él debemos vivir y que nuestra vida ha de ser continuación y expresión de la suya. Que si tenemos derecho a vivir en la tierra es para llevar, manifestar, santificar, glorificar y hacer vivir y reinar en nosotros el nombre, la vida, las cualidades y perfecciones, las disposiciones e inclinaciones, las virtudes y acciones de Jesús” (OE 132-133)
El retrato de la verdadera hija del Corazón de María que hace Juan Eudes, basado en las palabras de Santa Teresa, debe ser el retrato de cada uno de los que buscamos unirnos a Dios místicamente:
que tu deseo sea ver a Dios, que tu miedo sea perderlo, que tu dolor no poseerlo todavía, y que tu alegría sea abrazar con fervor todo los medios que pueden conducirte a él (OC VIII, 686-687)
Como san Juan Eudes y los santos místicos digamos: Yo no tengo sino un deseo: servir y amar perfectamente a mi Dios, seguir siempre y en todo su santa Voluntad, y sacrificar mi ser y mi vida para su pura gloria (OC II, 332)
Como María, la mística y contemplativa, estamos llamados a “no respirar sino a Dios, aspirar solo a El, sólo suspirar por El (OC VII, 262-2 62)
En una palabra estamos llamados a ser eucaristía, a ser doxología: a vivir y morir por Cristo, con él y en él…
Oremos con San Juan Eudes:
Jesús, sé todo, sé todo en la tierra como eres todo en el cielo, sé todo en todos y en todas las cosas. Tú sabes, Jesús, mi querido todo, que no quiero en la vida y en la muerte, sino verte vivir y reinar en todo en todas las cosas. Amén. (OC I, 568)