ITINERARIO MISTICO

SEGÚN SAN JUAN EUDES

 

 

“Tu Corazón, Virgen María,

 únicamente respira a Dios,

 no aspira sino a El

solo suspira por El”

                     - San Juan Eudes -

 

 

INTRODUCCION

 

Juan Eudes vivió en profundidad el misterio de Cristo. A su actitud de profundidad ante este misterio llamamos mística eudista. Su mística se orienta hacia el seguimiento de Jesús a través de la siguiente dinámica:

 

v     contemplar su vida,

v     formarlo en sí mismo para

v     continuarlo y completarlo

 

Este camino espiritual místico requiere, implica y a la vez realiza una verdadera experiencia de amor y de comunión con el Señor.

 

Precisamente, Juan Eudes tuvo de Dios una experiencia afectuosa, experiencia de ternura, de inefable misericordia. Con el simbolismo del Corazón expresó el hondo, ancho, profundo y amplio amor de Dios que sentía en su vida.

 

La mística no es pues un discurso sino una vivencia, no se trata de pensar a Dios como hacen los teólogos, sino de vivirlo, habitar en él, como hacen los místicos. La mística hace hombres y mujeres espirituales de la profundidad, como Juan Eudes, que entran en contacto con el amor misericordioso de Cristo.

 

La mística eudista es

 

un conjunto de pasiones fuertes y profundas que nos movilizan a seguir a Cristo, a ejemplo de san Juan Eudes, y a vivirlo en lo más hondo de nuestro corazón, como un fuego interior que nos incendia y nos lanza a la misión.

 

abrirse a Cristo que está entre nosotros, más aún en nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestro corazón y vivir de él, con él, por él y para él… hasta lograr una plena comunión con él.

 

En la escuela de Juan Eudes uno aprende que el principio de la mística cristiana es tener a Cristo como origen, centro y fin de todo, es hacer girar la vida en torno a él, es nada entenderlo sin él:

 

“Jesús debe ser el único objeto de nuestro espíritu y de nuestro corazón. Debemos mirar y amar todas las cosas en él, y no amar y mirar sino a él en todas las cosas. Todas nuestras acciones debemos hacerlas en él y para él. Debemos poner nuestro contento y nuestro paraíso en él. Permanezcamos pues en él, es decir, que nuestro espíritu, corazón, pensamientos, deseos, afectos, estén en él, y que nuestras acciones sean hechas en él y por él” (OCI, 114-116)

 

El desafío espiritual es entonces sublime: fijarnos siempre en él, caminar en su presencia y vivir como su pertenencia:

 

“El debe ser reconocido, adorado, glorificado y alabado como Dios, El tiene derecho a poseernos enteramente, pues somos suyos, hechos para él, dependemos de él. Tiene derecho también a ser principio y fin de nuestros pensamientos, palabras y acciones y de toda nuestra vida, pues en él vivimos, nos movemos y existimos. Tiene derecho a que nosotros tendamos y aspiremos a él incesantemente y que busquemos nuestro reposo y nuestro contento sólo en él. Tiene derecho a ser amado por encima de todas las cosas. Nosotros tenemos que caminar delante de él en su presencia, mirándolo sin cesar, teniendo los ojos fijos en este divino ejemplar” (OC II, 154-156)

 

Para lograr todo esto, la espiritualidad eudista nos ofrece un itinerario místico que contempla las siguientes etapas:

 

1.    Respirar a Cristo

2.    Suspirar por Cristo

3.    Aspirar a Cristo

4.    Inspirarse en Cristo

5.    Conspirar contra lo que no es Cristo

6.    Transpirar por Cristo, hasta

7.    Expirar por El.

 

Que estas siete breves reflexiones y relecturas de textos de nuestro Padre se conviertan en itinerario de experiencia espiritual y de vida mística.

 

                       

1. RESPIRAR POR CRISTO

 

Para mí la vida es Cristo (Hp 1, 21). Así dice Pablo y así dice Juan Eudes. Decir “mi vivir es Cristo”, es como decir “mi respiración es el Señor, él es mi aliento vital”. Pablo es categórico: “Cristo mismo es la vida de ustedes” (Col 3, 4)

 

San Juan Eudes quiere que Cristo sea nuestro ambiente, nuestra atmósfera, que lo respiremos a El, aliento vital, y que respiremos o vivamos por El.

 

Juan Eudes sabe que “la respiración es un signo infalible de la vida” (OC VII, 16), por eso quiere que nuestra respiración sea Cristo y que respiremos por él y para él.

 

“Quiero que mis pensamientos, palabras y obras, que mis respiraciones, los latidos de mi corazón, los movimientos de mis venas, los momentos de mi vida, las cosas que han pasado que existen y que me sucederán, que aún mis pecados, en tanto que eso sea posible, quiero que todo eso se convierta en voces por medio de las cuales te diga con todo el amor del cielo y de la tierra: te amo, te amo, si Señor Jesús, yo te amo” (OC I, 401)

 

Su gran deseo es que vivamos por Cristo, para Cristo y de Cristo. Entiende que solo Jesús es la fuente y la razón de nuestra vida. El es la respiración del que desea vivir eternamente, y las respiraciones de todos los días deberían estar consagradas a él, realizándolas en él y por él:

 

“Mi Salvador, te ofrezco mi cuerpo. ml alma, mi espíritu, mi corazón, mi vida, las partes de mi cuerpo, las facultades de mi alma, mis pensamientos, palabras, acciones, mis respiraciones, latidos del corazón, mis pasos, miradas, mis sentidos, deseando que todo te dé gloria, alabanza y amor” (OCI, 108-109)

 

Respirar a Jesús es consagrar nuestra vida a su alabanza, es adorar con nuestros impulsos vitales la Vitalidad misma, esto es, el Corazón de Cristo:

 

“Que mis pensamientos, palabras y obras, que mi respiraciones, mis pasos, los latidos de mi corazón y de mis venas, mis facultades y sentimientos, sean voces que alaben al Corazón incomparable” (OC VII, 252)

 

“Señor, he escogido tu divino Corazón y el de tu Santa Madre, como Rey de mi corazón. Te ofrezco, te doy y te consagro mi corazón, deseando que mis respiraciones, latidos y sentimientos, pensamientos, palabras y obras estén enteramente consagrados a ti y sean actos de alabanza y adoración para tu Corazón santo y divino.

 

Amabilísima María, Madre de mi Salvador, deseo que los sentimientos, afectos, latidos, respiraciones y lo que proceda de mi corazón, sean actos de alabanza, de honor y de amor hacia tu amabilísimo Corazón” (OC VIII, 539-540)


 

Respirar a Jesús significa honrar con nuestro ser a María, ella forma con Jesús un solo Corazón y no se puede separar a Jesús y María; para ellos deben ser nuestras respiraciones, esto es, nuestra vida:

 

“Quién me diera que todas mis respiraciones, latidos de mi Corazón y el ejercicio de mis facultades sean voces que canten continuamente: Benditas las entrañas de la Virgen Maria que han llevado al Hijo del Padre eterno; Benditos los senos que lo amamantaron; Bendita Maria, Madre de Dios, Virgen eterna, templo del Señor, Sagrario del Espíritu Santo” (OC VIII, 41)

 

Mientras vivimos nuestras respiraciones no cesan. Son continuas y rítmicas. Así debe ser nuestra alabanza a Dios. Cada día, todo el día, estamos llamados a consagrar nuestra respiración para que sean un acto continuo de amor a Jesús y María:

 

“Quiero que todas mis respiraciones sean otras tantas voces por las cuales te diga continuamente con todo el amor del cielo y de la tierra: te amo, te amo, sí, yo te amo Corazón amantísimo de Jesús y de María” (OC VIII, 697)

 

Aún dormidos, nuestro ser respira, y todas esas respiraciones consagradas a Cristo, hacen que nuestra vida sea de él y para él:

 

“Te ofrezco todas las respiraciones de esta noche y los latidos de ml corazón, con el deseo que sean actos de alabanza y amor hacia ti, Quiero que mis respiraciones y los latidos de mi corazón de esta noche sean otros tantos actos de alabanza y de amor hacia tu divina Majestad” (OC II, 306-307; OC III, 324). Para ello nos exhorta a que aprendamos a respirar a Cristo, por él y para él de la mano de María, pues ella siempre respiró a Dios: “Sus respiraciones estaban acompañadas de suspiros y de elevaciones del espíritu hacia Dios, aún cuando dormía” (OC VI, 62)

 

Aún si nos volviéramos locos o enfermáramos gravemente, mientras estemos con vida, estamos llamados a respirar a Cristo, por Cristo y para El

 

“Mi Dios, protesto para siempre que, si yo perdiera la palabra, el uso de mis sentidos y de mi espíritu, deseo que mis respiraciones, los latidos de mi corazón y todas las partes de mi cuerpo y de mi alma sean otros tantos corazones, lenguas y voces que griten sin cesar ¡viva Jesús y María!” (OC II, 269)

 

Las respiraciones de todo el año, si las consagramos al Señor, se constituyen en actos de amor y alabanza para él:

 

“Jesús, te refiero, ofrezco y consagro mis pensamientos, mis horas, mis días, mis años, mi ser y mi vida con todas sus pertenencias, confesándote que no quiero hacer uso de ello sino para tu gloria, que deseo que mis pensamientos, palabras, obras, latidos de mi corazón, respiraciones y las demás cosas que haya en ml en este año y en mi vida, sean actos de alabanza  y de amor hacia ti” (OC I, 307-308



En fin, Juan Eudes lo que pretende, como maestro espiritual, es enseñarnos que la vida entera debe estar consagrada a respirar a Cristo, por él y para él

 

me has creado para ti. Por eso te ofrezco y consagro durante toda mi vida mi ser y mis obras, mis pasos, palabras, miradas, cada movimiento de mi cuerpo, cada pensamiento de mi espíritu, mis respiraciones y acciones, con el deseo de rendirte gloria y amor infinitos” (OC I, 110-111). “Haz María, que el resto de mi vida esté enteramente consagrado a la gloria de mi Salvador… que mis pensamientos, palabras, acciones, respiraciones, latidos del Corazón sean un ejercicio continuo de alabanza y amor hacia mi adorable Jesús y hacia mi amabilísima Madre” (OC VIII, 360)

 

Oremos

 

Señor, sé mi aliento vital, sé mi sabia, mi sangre, mi oxígeno.

Señor, sé mi vida, mi sostén, mi roca.

Sé mi Señor, hoy y siempre. Amén.

 

                        2. SUSPIRAR POR CRISTO

 

“Mi alma suspira por ti, como el ciervo por el agua viva”, dice el salmista. “Tengo sed del Dios, del Dios vivo” (Sal 42,1). Esto mismo expresa san Juan Eudes en su vida. El fue un sediento buscador del Señor. Lo buscó en el silencio, en su corazón, en la Escritura, en los Padres de la Iglesia, en los pobres, en la misión…

 

“Cristo es el centro de nuestros deseos” (OC X, 304).  “¡Viva Jesús, mi único deseo”(OC X, 474)        

 

Nuestra alma debe suspirar por Cristo como el ciervo sediento suspira por el agua que da vida: “Oh Dios, tú eres mi Dios. Desde el amanecer te deseo. Estoy sediento de ti” (Sal 63, 1-2), dice el salmista y Juan Eudes exclama:

 

“Sagrado Corazón, mi vida, mi todo, no puedo contentarme con decirte que deseo amarte de la manera más perfecta que me sea posible. Lo deseo de tal forma que si fuera posible quisiera que mi espíritu se convirtiera en deseo, mi alma en anhelo, mi corazón en suspiro y mi vida en ansiedad por ti (OC VIII, 693-694)

 

El señor es el amor por el que debemos suspirar. Para él son nuestros suspiros de amor. Suspirar por él es convertirlo en la cumbre de nuestros deseos, más aún, en nuestro único deseo.

 

“Deseabilísimo Corazón de Jesús, quiero amarte con todas mis fuerzas. Que yo sea convertido en deseo y en suspiro para desearte y querer amarte más. Deseado de mi alma, escucha mi oración, escucha los suspiros de mi corazón… no deseo sino amarte y crecer más y más en este deseo de modo que te ansíe apasionadamente” (OC VIII, 694)

 

Dios de mi corazón no hay necesidad de un mandamiento del amor: es eso lo que yo quiero, es eso lo que deseo, es por eso por lo que mi corazón suspira. Deseo ardientemente amarte, no quiero tener otro deseo, ni otro pensamiento, ni otra inclinación, ni otro querer (OC VIII, 693)

 

Los suspiros son propios de los enamorados. A eso nos invita Juan Eudes, a desear a Jesús como un enamorado desea a su amada:

 

“Ven, ven, mi queridísimo Jesús porque te amo y te deseo infinitamente. Que yo sea convertido totalmente en suspiro, en deseo, en ansiedad y en amor hacia ti. Señor es a ti a quien grito, es a ti a quien deseo, es por ti por quien suspiro” (OC I, 404; OC I, 471)

 

Oremos

 

Señor, apasióname por ti,

Quiero desearte con todas las ansias de mi corazón.

Enamórame de tu persona, de tu palabra, de tus promesas. Amén

 

 

3. ASPIRAR A CRISTO

 

San Pablo nos exhorta: “Aspiren a las cosas celestiales y no a las de la tierra. Dios les tiene reservado el vivir con Cristo” (Col 3, 1-3). También nos pide que aspiremos a los carismas extraordinarios y nos comprueba que el más extraordinario de todos es el amor (1 Cor 14, 1). Aspirar al amor es lo más natural que Dios puso en el corazón humano. Aspirar al amor es en otras palabras aspirar a Dios, porque él es amor (1 Jn 4,8)

 

Juan Eudes quiere que nuestra meta sea el amor de Cristo. Que hacia él tienda la totalidad de nuestra vida.

 

Como él es nuestro fin, nuestro centro y soberano bien, debemos perpetuamente suspirar y aspirar a él, desearlo, buscarlo por todas partes y en todas las cosas y no tener felicidad ni contento sino en él (OC II, 159)

 

No aspiren sino a ver a Dios, soberano de nuestras almas, objeto de nuestras esperanzas, para bendecirlo, adorarlo y glorificarlo eternamente (OCX 296)

 

Nuestra existencia debe convertirse en una alegre y afanosa búsqueda del Señor. El no solo es el principio, la fuente y el centro de nuestra vida, su amor debe ser nuestro fin, en donde desemboque nuestra existencia toda.

 

Mi amable Jesús, que no te mire sino a ti,  que no te busque sino a ti, que no aspire sino a ti, que te ame en todas las cosas y por encima de todo (OC VIII, 293)


 

Que no tenga ni vida ni tiempo sino para amarte, que no tenga otra cosa que hacer sino pensar en ti y tratar contigo de corazón a corazón, de  espíritu a espíritu, y que nada del mundo me interese sino solo amarte. Que aspire a ti incesantemente, que tienda hacia ti perpetuamente, que te ansíe y suspire noche y día sin cesar por ti (OC I, 392)

 

MarÍa sólo aspiró a Dios. Como ella, nosotros estamos llamados a

 

Entrar en una fuerte resolución de conformar nuestras inclinaciones a las inclinaciones de su Corazón Amable, para no desear nada que ella no deseó, para no aspirar sino a la gloria de su Hijo y suspirar sin cesar por la venida de este adorable Salvador a nuestro corazón (OC VII, 277)

 

Los santos fueron personas que aspiraron al cielo con vehemencia y ahora disfrutan de la bienaventuranza eterna. Ellos anhelaron la comunión total con el Señor. A ellos podemos recurrir:

 

Bienaventurados santos, los honro y reverencio de todo corazón y les suplico me obtengan la gracia de aspirar continuamente al cielo, por una santa imitación de sus virtudes y por un perfecto odio a1 pecado, para que cargando el yugo del Señor desde mi juventud, llegue a estar en su feliz compañía para alabar su santo Nombre por los siglos de los siglos. Amen (OC X, 320)

 

Aspirar al amor de Cristo implica aspirar a servirlo en los demás:

 

Servir a Dios, servir a Jesucristo es la más grande felicidad y el más grande honor al que uno pueda aspirar (OC VIII, 685)

 

En fin, lo que dijo nuestro padre a las Religiosas, lo podemos escuchar todos

 

“Ustedes no deben vivir, respirar ni aspirar sino por Cristo” (OC X, 103)

 

Oremos

 

Señor, que todos mis caminos lleven a ti,

No dejes que me desvíe de mi meta que eres Tú,

Conduce el río de mi vida, con la luz de tu Espíritu,

hacia el océano de tu Corazón. Amén

 

 

 

4. INSPIRARSE EN CRISTO


 

“Sígueme” es el llamado que nos hace el Señor tanto al inicio del Evangelio (Mc 1, 17) como al final del Evangelio (Jn 21, 19.22). Es como si nos dijera: “yo su Maestro soy su  ejemplar, su prototipo, su ideal”. San Pablo nos dice: Sean mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1 Cor 11, 1; Fil 3, 17; Ef 5, 1) porque todos los cristianos estamos llamados a seguir a Cristo. De ahí que Juan Eudes quiera que nuestro modelo y ejemplar sea Cristo. En El debemos encontrar inspiración para vivir. Nuestra vida no debe ser sino continuación de la suya:

 

Como él es nuestro prototipo, debemos incesantemente seguir sus pasos, estudiar su vida y sus perfecciones, para imitarlas y formar en nosotros una imagen viva de este adorable ejemplar (OC II, 156). “Señor, me doy a ti como mi prototipo, imprime en ml una perfecta imagen tuya” (OC II, 162)

 

Cristo, pues, debe ser nuestra inspiración para orar, para trabajar, para descansar, para corregir y servir etc. Juan Eudes enseña que la vida cristiana consiste en continuar y completar la vida de Nuestro Señor Jesucristo:

 

Debemos estar animados del Espíritu de Jesús para vivir de su vida, caminar tras sus huellas, revestir sus sentimientos e inclinaciones y realizar nuestras acciones con sus mismas disposiciones e intenciones. En una palabra, debemos continuar y completar la vida y la devoción de Jesús en la tierra… de manera que cuando un cristiano ora, trabaja o ejecuta cristianamente cualquier acción, está continuando y completando la oración, la vida laboriosa y conversante y demás acciones de Jesucristo” (OE 131.134)

 

Todo, entonces debemos hacerlo en Cristo y como él, movidos e impulsados por su Espíritu Santo. Cristo es nuestra inspiración profunda.

 

 

Oremos

 

Señor, sé mi inspiración,

Inspírame con tu Espíritu Santo,

Para obrar no conforme a mi querer,

Sino según tu voluntad. Amén

 

 

5. CONSPIRAR CONTRA LO QUE NO ES CRISTO

 

“El que me quiera seguir que renuncie” (Mt 16, 24: 10, 37-39; Lc 14, 33) El Señor nos invita a Ia violencia espiritual, esto es, a la lucha contra el mal. Son los violentos, los que se esfuerzan (Lc 16, 11; Mt 11, 12)) los que van a ganar el cielo. No he venido a traer la paz sino la guerra (Mt 10, 34)



San Juan Eudes quiere que luchemos de tal forma que nada ni nadie nos separe del amor de Cristo. Para esta lucha debemos disponer nuestro corazón para una verdadera batalla, y guerrear con las armas de la fe (Ef 6, 11-18).

 

Luchar contra todo lo que puede apartarnos del Señor, es conspirar contra lo que no es el Señor y aparta de él. En términos evangélicos y eudistas se trata de renunciar al pecado, al mundo y a nosotros mismos.

 

“Como cristiano debemos renunciar a toda clase de pecado, al mundo y a las cosas del mundo, a nosotros mismos, a nuestro propio espíritu, criterio, voluntad, deseos e inclinaciones y a nuestro amor propio” (OE 141.145)

 

Conspirar contra el pecado, porque el pecado es lo que se opone diametralmente a Dios,

Conspirar contra el mundo, contra sus modas, leyes, vanidades y superficialidades,

Conspirar contra nuestro ego, nuestras propias ambiciones y deseos desordenados,

Conspirar contra todo ello para no apartarnos de Jesús y para vivir adheridos a él, es

vivir el programa de nuestro bautismo.

 

A esta lucha, a esta “violencia”, a este esfuerzo, a este paso por la puerta estrecha nos llama el Evangelio y nos compromete Juan Eudes.

 

 

Oremos

 

Señor, renuncio con todo mi corazón al pecado,

Dame fuerzas para luchar contra todo mal

Señor, dame la victoria. Amén

 

 

 

6. TRANSPIRAR POR CRISTO

 

“Mi padre trabaja y yo trabajo” (Jn 5, 17). Jesús trabajó y sudó hasta sangre con el objetivo de implantar el Reino de Dios: “Mi comida es hacer Ia voluntad de mi Padre y terminar su trabajo” (Jn 4, 34). En otra parte nos dice. “Tenemos que hacer el trabajo del que me envió” (Jn 9, 4). Jesús es pues un trabajador, y como todo buen trabajador transpiró.

 

Es que normalmente los que transpiran son los que trabajan, los siervos, los obreros, y para san Juan Eudes Dios trabaja y nosotros debemos trabajar. Dios suda por el hombre, y nosotros hemos sido asociados para trabajar y cooperar en el trabajo u obra más grande que existe que es la salvación de las personas.


 


“Trabajar en la salvación de las almas es la obra de los Apóstoles y de Nuestro Señor y no hay otra tan grande y divina” (OC X, 417)

 

El empleo fundamental del cristiano es trabajar y sudar por la salvación de las personas:

 

“Lo más divino y sagrado que existe es trabajar con Dios en la salvación de las personas” (OC XI, 38). “Según San Juan Crisóstomo, trabajar en la salvación de las personas es mejor que hacer grandes sacrificios y mortificaciones corporales, emplear el tiempo y la vida en este trabajo place más a Dios que sufrir el martirio” (OCX, 81-82)

 

Para san Juan Eudes, somos obreros del Evangelio, llamados a transpirar por establecer el reinado de Dios en el mundo, por lograr hacer que Jesucristo viva y reine en el mundo. Más todavía para San Juan Eudes somos siervos, el siervo hace lo que manda su Señor Jesucristo siervo por hacer la voluntad de su Padre transpiró hasta sangre, nosotros siervos de Dios estamos llamados a hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, aunque eso signifique transpirar sangre.

 

Jesucristo anonada su voluntad por hacer la de su Padre que lo hace sudar sangre… así nosotros debemos unirnos y hacer la voluntad de Dios (OC XI 17)

 

Jesucristo hizo un trabajo increíble: se solidarizó con nuestros sufrimientos, llevó nuestras cargas y eso hasta transpirar sangre (OC Xl, 10)

 

Jesús, te contemplo en el jardín de los Olivos, te veo reducido a una extraña agonía, a una horrible tristeza que te han hecho sudar sangre en tal abundancia que toda la tierra se encuentra bañada de ella (OC I, 128)

 

El mensaje de Juan Eudes es claro: en nuestra vida debemos ejercitarnos en cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios; gastar la vida entera en este ejercicio tiene sentido; y como en los ejercicios físicos se suda, hay que transpirar también en el ejercicio espiritual del cumplimiento de la voluntad divina:

 

Tú me pusiste en la tierra para hacer tu divina voluntad Ese es ml fin, mi centro, ml elemento, ml soberano bien. Por eso hago profesión de renunciar enteramente y para siempre a todos mis deseos, voluntades e inclinaciones y no tener nunca otro querer que el tuyo. Hago profesión de querer ante todo morir, aún de sufrir mil infiernos, antes que dejar tu voluntad Hago profesión de no querer ni en la vida, ni en la muerte, ni en este mundo ni en el otro, otro tesoro, otra gloria, otra alegría y contento, ni otro paraíso que tu adorabilísima voluntad (OC I, 15 7-158)

 

EI llamado del Señor es a no estar con los brazos cruzados esperando el Reino. Hay que luchar, hay que comprometerse, hay que trabajar.

 

Oremos

 

Señor, sólo quiero trabajar por ti y para ti,

Sólo quiero emplearme en la salvación de mis hermanos,

Señor, hazme un obrero del Evangelio. Amén



 

7. EXPIRAR POR CRISTO

 

“Y dando un fuerte grito, expiró” (Mc 15, 37; Lc 23, 46). 0 sea, entregó su espíritu, su vida entera a Dios y a los hombres. Ese fue Cristo, el que murió por Dios y por los hombres: “Cristo murió por todos para que los que vivan ya no vivan para sí mismos sino para Cristo el que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5, 15). San Pablo nos dice que también nosotros debemos vivir y morir para el Señor: “Sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos” (Ro 14, 8)

 

Juan Eudes sabe que “no hay nada más deseable que una muerte preciosa delante de Dios” (OC X, 304-305), por eso quiere que muramos en Cristo, con Cristo, para El y por El. El nos invita a ser mártires, si no mártires en el pleno sentido de la palabra de morir por Cristo físicamente, si, tener el espíritu del martirio que es un deseo de morir dando testimonio de su amor.

 

Juan Eudes quiere que todos los días muramos por Cristo. Nos dice que primero expirar antes que pecar:

 

Dame la gracia de morir antes que ofenderte, que sea una hostia muerta y viva a la vez, muerta a todo lo que no eres tú y viva en ti y para ti (OC I, 473) Amabilísimo Señor, que muera primero mil veces antes que ofenderte (OC I, 122)

 

Cuando nos coloca ante la disyuntiva “o amar o morir”, él mismo nos confirma: “Mejor amar y morir, morir a lo que no es Jesús y amar única y soberanamente a Jesús” (OC I, 388)

 

Pero expirar por Cristo es desear con todo el alma que nuestra muerta sea en Cristo, por amor a Cristo, con una gran confianza en él:

 

Que muera en el amor, por amor y para el amor de ml Jesús, que mi último suspiro sea un acto de purísimo amor por el cual me ofrezca y me sacrifique a mi los, en unión del mismo amor con el que mi Redentor se ofreció e inmoló en la cruz por amor a mí (‘OC VIII, 360-361). Que el último suspiro de ml vida sea un acto de purísimo amor a Jesús (‘OC I, 494). Jesús, que el último suspiro de mi vida esté consagrado en honor de tu último suspiro y que sea un acto de puro y perfecto amor hacia ti (OC I, 432)

 

Juan Eudes, maestro de vida espiritual nos enseña a vivir en Cristo, con Cristo, de Cristo y para Cristo, pero también a morir para El:

 

Madre de amor te ofrezco el último día, la última hora, el último momento de mi vida… Haz que mis últimos pensamientos, palabras, acciones y respiraciones sean consagradas a los últimos pensamientos, palabras, acciones y respiraciones de tu Hijo y a las tuyas; que yo muera en el ejercicio de su santo amor (OC I, 369)


 



De todo corazón me doy a Jesús para unirme a las santas disposiciones con las que él, María y los santos murieron, llenos de amor a él. Quiero que mi último suspiro sea un acto de amor hacia él (OC XII, 176)

 

Expirar por Jesús, Morir por Jesús es gastar toda la vida en su servicio.

 

Oremos

 

Señor, te inmolo mi vida,

Toma todos mis días, horas y minutos y empléalos en tu servicio,

Quiero ser hostia santa,

Quiero vivir y morir para ti. Amén.

 

 

 

CONCLUSION

 

El anterior itinerario nos confirma una vez más que un místico es el que vive por Cristo, con él y en él, es el que vive de Cristo y para él. Todo ello se encuentra sintetizado portentosamente en esta sublime página de San Juan Eudes:

 

“El Señor nos dice: yo soy la vida y he venido para que tengan la vida. Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre, ustedes en mí y yo en ustedes (in 14,6; 10,10; 14, 19-20), es decir, que así como yo estoy en mi Padre y vivo de su vida, así ustedes están en mí y viven de mi vida, pues estando yo en ustedes se la comunico.

 

Su discípulo amado nos sigue recordando que Dios nos ha dado vida eterna y que esa vida está en su Hijo. Que quien tiene al Hijo tiene la vida; quien no tiene al Hijo no tiene la vida. Y que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para que vivamos por medio de él y que nuestra vida en este mundo imite la vida de Jesús (1 Jn 5, 11-12; 4.9.17)

 

El libro de Apocalipsis nos advierte que Jesús, el amado esposo, nos interpela sin cesar: el que tenga sed que se acerque; el que quiera reciba gratuitamente agua de vida (Ap 22, 17), es decir, que tome de mi interior el agua de la vida verdadera Lo cual se ajusta a lo que nos cuenta el Evangelio, que un día el Hijo de Dios clamaba: si alguien tiene sed que venga a mí y beba (Jn 7, 37)

 

Y San Pablo nos recuerda a cada instante que estamos muertos y que nuestra vida está oculta con Cristo en Dios (Col 3,3); que el Padre eterno nos vivificó juntamente con Cristo y en Cristo (Ef 2,5; Col 2, 13), es decir, que nos hace vivir no sólo con él sino en el y de su misma vida; que debemos manifestar la vida de Jesús en nuestro cuerpo (2 Cor 4, 10-11); que Jesucristo es nuestra vida (Col 3,4) y que vive en nosotros: yo vivo, pero ya no yo, es Cristo quien vive en m1 nos dice san Pablo (Gal 2, 20)

 

Todas esas palabras sagradas muestran con evidencia que Cristo debe vivir en nosotros, que su vida debe ser nuestra vida; que solo en él debemos vivir y que nuestra vida ha de ser continuación y expresión de la suya. Que si tenemos derecho a vivir en la tierra es para llevar, manifestar, santificar, glorificar y hacer vivir y reinar en nosotros el nombre, la vida, las cualidades y perfecciones, las disposiciones e inclinaciones, las virtudes y acciones de Jesús” (OE 132-133)

 

El retrato de la verdadera hija del Corazón de María que hace Juan Eudes, basado en las palabras de Santa Teresa, debe ser el retrato de cada uno de los que buscamos unirnos a Dios místicamente:

 

que tu deseo sea ver a Dios, que tu miedo sea perderlo, que tu dolor no poseerlo todavía, y que tu alegría sea abrazar con fervor todo los medios que pueden conducirte a él (OC VIII, 686-687)

 

Como san Juan Eudes y los santos místicos digamos:  Yo no tengo sino un deseo: servir y amar perfectamente a mi Dios, seguir siempre y en todo su santa Voluntad, y sacrificar mi ser y mi vida para su pura gloria (OC II, 332)

 

Como María, la mística y contemplativa, estamos llamados a “no respirar sino a Dios, aspirar solo a El, sólo suspirar por El (OC VII, 262-2 62)

 

En una palabra estamos llamados a ser eucaristía, a ser doxología: a vivir y morir por Cristo, con él y en él…

 

 

Oremos con San Juan Eudes:

 

Jesús, sé todo, sé todo en la tierra como eres todo en el cielo, sé todo en todos y en todas las cosas. Tú sabes, Jesús, mi querido todo, que no quiero en la vida y en la muerte, sino verte vivir y reinar en todo en todas las cosas. Amén. (OC I, 568)

 

 

UN HIMNO A LA MUJER

 

Si tuviera que decir en una sola expresión lo que ha significado Nuestra Señora de la Caridad, Congregación Religiosa fundada por San Juan Eudes, durante estos primeros cien años en México, lo sintetizaría así: “Un himno a la mujer”.

 

Hace 359 años el apostolado de las Religiosas de Nuestra Señora de la Caridad resuena como un himno de alegría y de esperanza paras las mujeres explotadas y marginadas de todo el mundo. Hace 100 años este himno se interpreta en México como canto jubiloso.

 

Ellas  han sido una canción de amor,

un concierto de alegría,

un festival de esperanza, durante 100 años, para la mujer mexicana.

 

No lo podemos negar, las Religiosas de Nuestras Señora de la Caridad, fundadas por san Juan Eudes son un himno a la mujer

 

 

JUAN EUDES CANTO AYER LA HISTORIA DE UNA MUJER MEXICANA

 

 

1.      “En la ciudad de México,

2.      una pobre mujer hacía doce años tenía su esposo lejos y nadie le prestaba ayuda, un día cuando estaba llena de mucha tristeza,

3.      se dirigió a la consoladora de los afligidos, orándole así: Santa Virgen, tú tiendes la mano a los que te suplican: ¿Me dejarás sola sin ningún socorro? He escuchado decir, y lo creo, que tienes más amor y ternura por tus hijos que cualquiera otra madre por los suyos.

4.      Estoy cierta que si la que me trajo al mundo me viera en este estado en que me encuentro, tendría compasión de mí y no me dejaría sin asistencia.

5.      Con mayor razón debo esperar de tu corazón maternal alivio para mi necesidad.

6.      Cuando terminó de hablar, empezó a sentir el amor maternal de la virgen, empezó a sentir un gran ánimo en su corazón y una inmensa alegría que la acompañó a lo largo del resto de su vida”

(OC VII, 474-475)

 

1.  En México: Muy pocas noticias tenía san Juan Eudes del nuevo mundo. Cuando él nació apenas se había completado el primer centenario de la llegada de Cristóbal Colón a nuestras tierras. Y las noticias que tenía eran más bien alarmantes. Sabía que el obispo de esta tierra era Juan de Zumárraga, y sabía que los indios adoraban al Sol como a su Dios. Al sol sacrificaban los corazones de sus hijos, en una ceremonia cruenta y dolorosa. Si esto sucede con los corazones de los niños para ofrecerlos a Dios, cuánto más, dirá él, debemos hacer con nuestros corazones: ofrecerlos al verdadero Dios. Darle nuestro corazón a Dios, o mejor dicho, ponernos el Corazón de Cristo, recibir en nuestra vida el Corazón de Dios

 

El muy religioso prelado Juan Zumárraga, primer arzobispo de la ciudad de México, atestigua en una carta que escribió a los sacerdotes de su Orden, reunidos en Toulouse, en 1532, que antes que los habitantes de la ciudad de México se convirtieran a la fe, sacrificaban cada año a más de veintemil niños y niñas, les abrían las entrañas para arrancarles el corazón y quemarlos sobre el carbón a manera de incienso. Si en la ciudad de México se hace eso cada año con veinte mil corazones de niños, piensen cuántos corazones se sacrifican cada año en todo el reino de México.

 

Nosotros adoramos a un Dios que no nos pide cosas difíciles. El nos pide nuestro corazón, pero él no quiere que nos lo saquemos del pecho para ofrecérselo, él se contenta con tal que le demos nuestros afectos, especialmente dos, amor y odio: Amor para amarlo con todas nuestras fuerzas y por encima de todo; odio para odiar el pecado. Si rechazamos darle nuestro corazón a Aquel que nos lo pide desde siempre, de manera tan fácil y dulce, y a quien le pertenece nuestro corazón por tantos títulos, todos esos habitantes de América que han sacrificado los corazones de sus niños se levantarán contra nosotros y nos condenarán el día del juicio.   !Qué confusión para nosotros cuando el verdadero y legítimo Rey de nuestros corazones nos muestre a los indios y diga: miren a esta gente que han arrancado el corazón del pecho de sus pobres niños para inmolarlos a su dios, y ustedes me han rechazado los afectos de su corazón!

 

Démosle ahora entera e irrevocablemente nuestros corazones a Aquel que nos ha creado, a Aquel que nos ha rescatado y que nos ha dado tantas veces su propio Corazón”.  (OC  VIII, 266-267; y 439-440)

 

 

Junto a estas noticias, Juan Eudes supo de una pobre mujer escuchada por la bella y gran mujer, la Madre de Dios, quien siempre se manifiesta como alguien magnánima, de maternal corazón.

 

2.  Pobre mujer: Esta mujer, de seguro fue una mexicana real, histórica, sufriente, adolorida, quien para Juan Eudes y para nosotros hoy, encarna la imagen de tantas mujeres necesitadas en este país latinoamericano, imagen de tantas mujeres que piden socorro, que requieren misericordia, que viven en medio de tantas miserias. Es una mujer Necesitada. Esta mujer está muy emproblemada. La miseria de esta mujer es triple: está abandonada de su esposo, nadie le presta ayuda y ni siquiera siente la misericordia divina. Es un problema personal el que vive como mujer casada, es un problema social: nadie se compadece de ella, vive como sola en este mundo. Es un problema religioso el que vive: se encuentra como desamparada hasta del mismo Dios. A la Virgen le dice que si su madre biológica la viera en el estado en que se encuentra, de seguro la asistiría. El triple drama de esta mujer es el de tantas otras mujeres nuestras.

 

3.  Oró a María, pidiendo socorro. Era una mujer que  lloraba. Su oración era una súplica sentida, de dolor. Es que la mujer necesitada siempre llora, muchas veces sola, sin que nadie la vea, muchas veces frente a Dios esperando que la vea y se compadezca de ella. Esta mujer le lloró a otra mujer, a María, la Madre de los dolores, la que conoce el verdadero sufrimiento de las mujeres, la Madre de la ternura y de la misericordia.

 

4.  Mi madre biológica me haría compasión. Si mi verdadera madre me viera en este estado tendría compasión de mí, dice la mujer a María. Ella arguye que no hay persona más compasiva que una madre para con su hijo necesitado. Así es Dios, un Padre-Madre misericordioso, que nunca nos olvidará: “Puede ser que una madre olvide al hijo de sus entrañas, pero yo no te abandonaré”. Esta mujer quiere convencer a María para que intervenga: si una madre humana sabe dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más la madre del cielo hará compasión a quien se lo pide. “Si ustedes, siendo malos saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más su Padre del cielo dará el Espíritu Santo (el consolador) a quien se lo pida”

 

5.  Espero en tu corazón maternal: Pero esta mujer pobre, triplemente emproblemada, que llora y ora, es una mujer de esperanza, es una mujer de fe, es una mujer que le busca sentido a la vida, que se sabe digna, valiosa. Por eso se entrega al corazón maternal de María. De ella, la auténtica y verdadera mujer, espera una luz; de ella, la poderosa Madre de Dios, espera una gracia. Como en las bodas de Caná, se siente la esposa a la que se le acabó el vino… y quiere que María, siempre solidaria, siempre intercesora, interceda ante Jesús y logre de él el vino nuevo, el vino más sabroso.

 

6.  Sintió consuelo, ánimo y alegría: Esta es la respuesta de María, mejor, de Dios. Nunca se ha visto, dirá san Juan Eudes, a nadie que haya acudido a María y haya quedado defraudado. Nadie ha sido defraudado por el amor y la misericordia de Dios. Esa mujer que comenzó quejándose, llorando, ahora canta llena de alegría, ahora tiene ánimo en su corazón. Esta es  la respuesta que da María a la mujer mexicana que sufre.

 

 

NUESTRA SEÑORA DE LA CARIDAD CANTA HOY LA HISTORIA DE LAS MUJERES MEXICANAS

 

Esta respuesta de amor y misericorida la encuentro hoy encarnada en las Religiosas de Nuestra Señora de la Caridad. Ellas son un himno de júbilo, un himno a la mujer. Ellas han sido, durante sus primeros cien años, la respuesta que Jesús y María han querido dar a la mujer mexicana que sufre, que llora, que se siente explotada, marginada, necesitada de misericordia y de ternura.

 

En efecto, hace cien años llegaron a estas tierras, no sin intervención de san Juan Eudes, no sin la intercesión de la Santísima Virgen (Nuestra Señora de la Caridad), no sin el beneplácito del Padre de las luces, que es de quien procede todo don perfecto, no sin la inspiración sabia del Espíritu Santo. Hace cien años llegaron a estas tierras aztecas para ser un himno de alegría para todas las mujeres que lloran y están tristes, para ser un poco de esplendor y de limpieza para todas las mujeres que están a oscuras y enfangadas hasta el cuello, para ser una chispa de esperanza y de consuelo para todas las mujeres decepcionadas de este mundo de los hombres.

 

 

Creo que las Hermanas, ennorgullecidas por la misión que les confió el Señor a través de San Juan Eudes, pueden cantar con Juan Pablo II:

 

Te doy gracias mujer por el hecho mismo de ser mujer,

con la intuición propia de tu feminidad

enriqueces la compasión del mundo y

contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.

 

Me imagino la complacencia conque San Juan Eudes ve hoy su obra, nacida tan humilde y modestamente  en un pueblito de Francia, extenderse por territorio mexicano.

 

!Cuán alegre estará Juan Eudes, defensor y promotor de la mujer en su época, que había dicho: “Una mujer virtuosa y prudente  es un don de Dios” ! (OC IV, 37). Me imagino su complacencia al contemplar a sus hijas mexicanas, que durante cien años han venido promoviendo la dignidad de la mujer, asistiendo, brindando socorro y alivio, consuelo y ternura, a las mujeres heridas, como él lo hiciera en sus múltiples misiones, en Francia.

 

Me imagino la inmensa acción de gracias en que se encuentra sumergido, al celebrar con nosotros hoy, los cien años de su Instituto en México: cien años de hacer misericordia a los más desvalidos, como él lo hizo y lo enseñó en el siglo XVII: “Somos misioneros de la misericordia, enviados por el Padre de las Misericordias, a distribuir los tesoros de su Misericordia a todos los pobres,  es decir a los pecadores, con sentimientos de amor, de compasión y de ternura”

 

De seguro hoy él celebra con gozo en el cielo el primer centenario de su familia religiosa en esta nación. Me lo imagino brindando con todos los ángeles y los santos, con Jesús y María, por la generosa entrega de todas las hermanas que durante todo este tiempo realizaron fiel, generosa y alegremente la misión encomendada.

 

En fin, hace 100 años suena un canto en México. No es una ranchera. No es José Alfredo. Es como un concierto a muchas voces. Son varias generaciones unidas en un concierto. Es un canto de alegría y de esperanza. Es una verdadera canción de amor. Su mensaje tiene tres siglos, aunque a decir verdad, la verdadera inspiración es de otra época, del siglo primero, cuando un humilde Nazareno pasó haciendo misericordia a todos y liberando a los poseídos por el diablo. Es un himno hermoso, sonoro. Es el himno a la mujer, llamado Nuestra Señora de la Caridad.

 

Sí, no hay duda, durante cien años, Nuestra Señora de la Caridad es un himno a la mujer mexicana.  Le rogamos al Señor que su canto nunca se apague, sino que resuena cada vez más claro, más sonoro, más fuerte, y que se escuche en todos los rincones de este país hasta el final de los siglos, y las Hermanas, como la Virgen María, que aparece en el Evangelio de hoy, deben meditar todo esto, guardándolo en su corazón.  Amén

 

 

Homilía del P. Carlos Triana, en el 100 aniversario de NSC en México,

En la Basílica de Guadalupe, el 16 de noviembre de 1999

 

ESCUELA   DE   SANTIDAD

 

San Juan Eudes quiere que la Congregación entera, y por tanto cada comunidad local, sea una “escuela de santidad para quienes lleguen a ella”[1]. ¿Qué quiso decir nuestro fundador con esta bella imagen?  Espero que los siguientes apuntes y textos de san Juan Eudes nos ayuden a profundizarlo un poco.

 

 

ESCUELAS DE JUAN EUDES

 

Juan Eudes conoce el fenómeno de las escuelas. Las entiende como experiencias de formación e instrucción. Ante el mal comportamiento de los cristianos en los templos, habla de las escuelas de los paganos en sentido metafórico: “Gran Dios, ¿habrá que enviar a los cristianos a la escuela de los paganos para que aprendan de ellos los deberes que están obligados a cumplir en tu casa?”[2] “¿Habrá que enviar a los cristianos a la escuela de las bestias para que aprendan lo que deben hacer para agradarte?” [3]

 

El mismo tuvo buena escuela. Su familia fue la primera en la que se formó y por la que profesa un gran agradecimiento. Recuerda con gran cariño la escuela del P. Blanette, donde aprendió su primer catecismo y el amor de Dios a tierna edad. No puede olvidar la escuela de Caen, la de los jesuitas, por quienes guarda gran respeto y admiración. Allí resalta el testimonio del P. Robin quien le enseñó a Dios con “piedad inigualable”. Ingresa a la  “Congregación de Nuestra Señora”, de la que dice: “eran academias de virtud y santidad, y además escuelas donde se enseñaba la ciencia de la salvación eterna”[4] “Cómo estoy de agradecido contigo, Virgen María, por admitirme en tu santa Congregación que es una verdadera escuela de virtud y piedad[5]

 

Juan Eudes se forma además en la escuela del Oratorio, en la escuela de Bérulle y de Condren. Pero su gran escuela fue, sin duda, la Sagrada Escritura y las misiones y sobre todo, el Corazón de  Jesús y María.

 

Así formado, Juan Eudes reflexiona en Dios como escuela de sabiduría, en María como escuela de virtudes, en el Corazón de Jesús y María como escuela de amor, en la Iglesia como escuela de fe, en los seminarios como academias de santidad, y por tanto concluye que sus fundaciones deben ser escuelas de santidad.

 

 

 

 

DIOS, ESCUELA DE SABIDURIA

 

Dios, escuela donde se forma a Jesús: “La ocupación principal del Padre es formar a su Hijo en sí mismo, la ocupación principal del Hijo es formarse en su Padre, en su Santa Madre y en la Eucaristía, la ocupación principal del Espíritu Santo es formarlo en María, en la Encarnación[6]

 

Dios, escuela donde el cristano se forma en la verdadera sabiduría: El cristiano, el predicador, el evangelizador, según San Juan Eudes, debe formarse en la escuela del Espirítu. Sus estudios deben estar conducidos por el Espíritu de Dios. No deben olvidar “que hay dos clases de ciencia y de sabiduría: la del cielo y la de la tierra, la del nuevo hombre y la del mundo y la del hombre viejo; la de los paganos y profanos , la de los cristianos y santos; la que da el Espíritu de Dios y la que se adquiere por el trabajo del espíritu humano.

 

Consideren que la primera es la eterna y verdadera sabiduría, da la felicidad eterna a quienes la poseen. Es fuente de humildad y de las demás virtudes. La segunda es el origen de la vanidad y del orgullo, y por consiguiente de los demás vicios (1Cor 8,1.). La primera es la madre de todas las verdades del cielo porque no se equivoca jamás, la segunda es la que alimenta los errores, las mentiras y las herejías. La primera es la verdadera ciencia de Dios y de los hijos de Dios. Porque Dios no tiene otra ciencia que la de su Verbo. La primera se aprende en la escuela de Dios y la segunda, en la escuela de los hombres.

 

Los verdaderos hijos de la Congregación deben dedicarse al estudio de esta divina ciencia, como su principal asunto y su más necesaria ocupación; y al estudio de la segunda como una cosa incomparablemente menos importante. Por eso deben guardarse de no hacer de lo principal lo accesorio ni de lo accesorio lo principal. Antes de ponerse a estudiar se pondrán de rodillas para adorar a Nuestro Señor como al Maestro y como a Aquel en quien se encierran los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios [7]

 

En la escuela del Espíritu se aprende a ser buen obrero del Evangelio: “A ustedes, queridos hermanos,  el Hijo de Dios los llama por su gran misericordia para ser, según las palabras del apóstol, buenos y generosos soldados de Jesucristo, para combatir con él contra su enemigo (2Tm 2, 3). A ustedes los eligió especialmente, para emplearlos en un oficio totalmente apostólico y para ser buenos y fieles dispensadores de su gracia, de su Espíritu y de su sangre (1 Pe 4, 10). A ustedes dice, en Jn 20,21: los envío con el mismo amor con que el Padre me envió y  para el mismo fin, es decir, para destruir el reino de satanás y para establecer el Reino de Dios en los corazones. A ustedes se dirigen estas palabras de Jn 15, 16: Ustedes no me han elegido, soy yo quien los he elegido y les he encargado que vayan y den mucho fruto y que su fruto permanezca. A ustedes lo eligió entre miles de hombres para asociarlos con él, con sus apóstoles y con sus más grandes santos, en la más grande de sus obras que es la Redención del mundo.

 

Recuerden que hacen la obra de Dios, por tanto deben hacerlo digne Deo, es decir con gran cuidado, aplicación y con las disposiciones dignas de la Majestad de Dios, de la santidad de su obra y de la dignidad de las personas que han costado su sangre y del precio de esta sangre  bendita. Todas esas disposiciones no se encuentran en los libros, ustedes las aprenderán en la escuela del  Espíritu de Dios[8]

 

 

MARIA, ESCUELA DE VIRTUDES

 

María, escuela donde se forma a Jesús: “La Virgen no ha hecho ni hará nunca nada más digno que cuando cooperó en la divina y maravillosa formación de Jesús en ella”[9], y cuando cooperó en la formación evangélica de los apóstoles. Por eso ella es la “Biblioteca de los apóstoles”[10]. Y uno de los pensamientos dominantes de la Infancia Admirable es que María  es modelo  y regla de nuestra vida, una escuela donde aprendemos a formar a Jesús en nosotros. Nadie ha formado mejor a Cristo en sí mismo que ella.

 

María, Escuela de virtud y santidad: Para San Juan Eudes, María es pues una escuela de virtud y santidad. Ella nació y creció en una escuela toda santa, la de Joaquín y  Ana, de quienes recibió santos ejemplos y divinas instrucciones. “Ella nació y creció en una escuela llena de virtudes y de piedad[11]. Pero no sólo eso. “María fue instruida en la escuela de la divina sabiduría encarnada, mucho mejor que la reina de Saba en la escuela de Salomón, para ser más tarde Maestra de los apóstoles, consoladora de los mártires,  doctora de los confesores”[12]. Con razón “Alberto Magno decía que tuvo toda clase de ciencia por infusión en un grado mucho más eminente que todos los espíritus sabios que hayan existido[13]. “La vida de esta admirable María es una ilustre escuela de santidad y una excelente regla de perfección para toda clase de personas”. “¿Quieren ustedes ser del número de discípulos de esta divina Maestra? ¿Quieren formar su vida y sus costumbres bajo el modelo de su gloriosa Madre? Esfuércense por caminar por el camino que ella les ha trazado”[14].

 

Juan Eudes aconseja que se formen a las niñas y mujeres en la escuela de María: “Que ellas aprendan a abstenerse de las cosas de las cuales la Virgen se abstuvo desde la más tierna edad. Que  imiten a la santisima Virgen. Que contemplen, admiren y amen a esta admirable y amable Virgen,  mirándola y estudiándola como una santa escuela de toda clase de virtudes[15].

 

Tratando de interpretar el significado del nombre de María, nuestro padre encontró que dicho nombre significa  maestra, “Doctrix, magistra maris, populi. O sea, aquella a quien Dios puso en el mundo para enseñar a los hombres, para ser maestra de los pueblos. Magistra gentium, dice San Agustín, Maestra para enseñar la ciencia de los santos, la ciencia de la salvación y la doctrina del cielo, no solo por su ejemplo sino también por medio de sus palabras. Se le llama Maestra de los apóstoles y Maestra la piedad y de la verdad, Maestra de la religión y de la fe, Maestra de maestras, Maestra de los Evangalistas y doctores. Oh divina Maestra, bienaventurados los que estudian en tu escuela.  Que yo sea del número de tus discípulos y que aprenda a tus pies la filosofía de los hijos de Dios y la teología del paraíso” [16]

 

María misma, nos enseña Juan Eudes, nos pide entrar a su Escuela. “Escúchenme, hijos bien amados: Bienaventurados los que caminan por el sendero que les he trazado y enseñado. Entren a la amable escuela donde quiero instruirlos. Aprenderán la ciencia de los santos y la verdadera sabiduría. Eviten despreciar mis instrucciones. Dichoso quien me escucha”[17]

 

 

CORAZON DE JESUS Y MARIA, SCHOLA AMORIS

 


El corazón de Jesús y María es la gran escuela donde uno aprende la verdad, la sabiduríay las reglas para conducirse en el mundo, y la gran regla que tenemos los cristianos para conducirnos es la caridad: “Envía Oh Dios, tu santa luz y tu divina verdad, para que me dirijan en todos mis caminos y me conduzcan hasta tu santa montaña, y me introduzcan en tu divino santuario y en tus sagrados tabernáculos, y en las santas escuelas de la casa de tu divinidad, es decir, en el adorabilísimo corazón de Jesús,  tu Hijo muy amado, y en el amabilísimo corazón de María, su santa Madre, que son los dos más santos tabernáculos de tu divinidad y las más divinas escuelas de tu adorable sabiduría y de tu eterna verdad, dos tabernáculos que hacen uno, dos escuelas que conforman una sola, dos corazones que son un único Corazón, que es la más alta y santa montaña, y el más venerable santuario de tu divina Majestad.

 

Que tu luz celestial y tu divina verdad me conduzcan a esta santa montaña y me hagan entrar en este augusto santuario y a esta sabia escuela, para que allí contemple y honre los efectos maravillosos que haces, para alabarte y glorificarte siempre por ellos, para aprender allí la ciencia y la sabiduría de los santos y estudiar las máximas de tu admirable sabiduría, las lecciones de tu luminosa verdad, y lo que debo hacer para formar y ajustar mi corazón al Corazón amabilísimo de Jesús y María, ejemplar  y regla de los corazones que desean amarte y agradarte”[18].

 

 
IGLESIA, ESCUELA DE FE

 

La Iglesia, escuela donde se forma a Jesús: “La obra mayor y más santa de la Iglesia es formar a Jesús por la palabra sacerdotal, en la Eucaristía y en los corazones de sus hijos, porque su único propósito, en todas sus funciones, es formar a Jesús en los cristianos[19].

 

La Iglesia,  escuela santa donde se forman los cristianos: “Los cristianos debemos ser santos porque hemos sido instruidos en una escuela santa”, esto es, en la Iglesia [20]. Por eso San Juan Eudes nos exhorta a que “Aprendamos en la escuela de la fe y de la Iglesia [21]